martes, 1 de agosto de 2017

Jacobo IV de Escocia


Es valiente, incluso más de lo que debería ser un rey. Yo bien puedo atestiguarlo. A menudo lo he visto llevar a cabo las acciones más peligrosas en las últimas guerras. En tales ocasiones no se preocupa en absoluto de su propia persona. (Pedro de Ayala, embajador de los Reyes Católicos en Escocia).

El primogénito de Jacobo III y Margarita de Dinamarca comenzó rebelándose contra su padre cuando contaba tan sólo quince años. Jacobo III no era un monarca popular, y ya había tenido que hacer frente a una revuelta de grandes proporciones. En esta ocasión la rebelión desembocó en la batalla de Sauchieburn, en la que el rey perdió la vida. Era el 11 de junio de 1488.

Días más tarde el príncipe era coronado en Scone. A tan temprana edad, había sido tan sólo un instrumento en manos de sus ambiciosos nobles. Para sumarse a la causa de los rebeldes, él había puesto como condición que su padre no sufriera ningún daño, y durante el resto de su vida sintió remordimientos por haberse lanzado a una pugna que acabó de modo tan trágico. Martirizaba su cuerpo con una pesada cadena de hierro que llevaba siempre en torno a la cintura, en contacto con su piel. Cada año iba añadiendo peso a la cadena.

Moot Hill, Scone, el lugar donde los reyes de Escocia eran coronados

Jacobo era un joven despierto y con muchos talentos, un verdadero príncipe del Renacimiento que mantuvo una corte muy refinada. Dotado de una gran memoria, hablaba español, gaélico, francés, alemán, italiano y flamenco, y escribía a la perfección en latín. Le apasionaba la historia, era mecenas de las artes y las letras (durante su reinado Escocia tuvo su primera imprenta) y un buen administrador. Otro de sus intereses era la alquimia: en el castillo de Stirling tenía un taller en el que un alquimista buscaba la fórmula para convertir en oro los metales.

Su actividad era inagotable; constantemente se desplazaba de un lugar a otro de su reino para hacer justicia y someter a los jefes de los clanes de las islas, buscando centralizar el poder. A él se debe la institución en 1504 del tribunal central de justicia de Edimburgo. Era un apasionado de la ciencia de la artillería, diseñaba armas y construyó una importante flota. Sabía divertirse: le gustaba el juego, los torneos y la buena mesa. Tuvo numerosas amantes, pero al mismo tiempo se mostraba muy devoto y acudía en peregrinación a diversos lugares sagrados de Escocia. Incluso soñaba con peregrinar un día a Jerusalén.

Su reino se había convertido en el foco de una lucha diplomática entre Inglaterra, Francia y España. Jacobo deseaba romper con la tradicional enemistad de su pueblo con el inglés. Él quería hacer las paces, pero eso suponía enemistarse con Francia, y era imposible abandonar esa vieja alianza de modo honorable. 


Durante algún tiempo acogió en su corte al impostor Perkin Warbeck, un pretendiente al trono inglés que afirmaba ser el hijo menor de Eduardo IV, es decir, pretendía ser uno de los niños que en realidad habían sido asesinados en la Torre de Londres. Jacobo parece haber creído su historia. Le dio una esposa de sangre real y emprendió acciones militares en apoyo de sus reclamaciones. Pero Perkin no era un guerrero, y en una ocasión mostró cobardía. Esto disgustó al rey y enfrió su ánimo. Jacobo vio con alivio cómo en 1497 su huésped se marchaba a Irlanda.

Sin renunciar a mantener sus buenas relaciones con Francia, poco después firmaba la paz con Inglaterra y concertaba su matrimonio con la hija mayor del rey, Margarita Tudor, que con sólo catorce años llegaba a Escocia en 1503. El 8 de agosto se celebraba la ceremonia en la abadía de Holyrood. 

Anteriormente el padre de Jacobo lo había prometido a Cecilia de York, hija de Eduardo IV, pero el proyecto resultó impopular en Escocia, y los posteriores conflictos bélicos entre ambos reinos dieron al traste con el compromiso. También se había pensado en Blanca Sforza, hermana del duque de Milán, y en la hija del rey de Nápoles, aunque la excesivamente corta edad de esta última hizo que fuera descartada. Las negociaciones más serias fueron con España. Jacobo aspiraba a desposar a María, una de las hijas de los Reyes Católicos, tanto por el prestigio de la alianza como porque al mismo tiempo ello serviría para estrechar lazos con Inglaterra, pues en aquel momento la menor, Catalina, estaba prometida al príncipe de Gales. Pero Fernando, que le hubiera entregado de buen grado a su hija ilegítima, no se mostró dispuesto a enviar a una infanta.

Los Reyes Católicos

Jacobo tenía 30 años y había tenido varias amantes antes de su matrimonio. La primera fue Marion Boyd, hija del conde de Angus. El rey tuvo dos hijos de esta relación, que se prolongó durante unos tres años. La madre de otra de sus hijas fue Margaret Drummond, con la que se rumoreó que se había casado en secreto. En 1501, mientras Margaret se encontraba en casa de su padre, murió envenenada junto con sus dos hermanas. La joven se había convertido en un obstáculo a eliminar, puesto que los consejeros del rey deseaban que desposara a una princesa que reportase a Escocia una buena alianza. Pero el rumor que se propagó fue que el veneno no iba en realidad dirigido contra Margaret, sino contra otra de las hermanas, de la que su esposo, Lord Fleming, había querido deshacerse. 

Siguió una breve relación con Isabel Estuardo, una pariente lejana con quien tuvo otra hija: Janet, la que andando el tiempo sería aya de María Estuardo y amante de Enrique II de Francia. Tras Isabel llegó Janet Kennedy. Con ella tuvo una unión más duradera que se prolongó incluso después de que Jacobo contrajera matrimonio. Y es que este, al parecer, tardó un par de años en ser consumado, debido a los reparos del monarca ante la juventud de la novia. Cuando ella llegó, el rey alejó a Janet entregándole el castillo de Darnaway, pero con la condición de que no tomara esposo ni mantuviera otra relación. Jacobo continuó visitándola hasta 1505, cuando ella se casó. Tuvo varios hijos de Janet; uno de ellos fue el primer conde de Moray.

La paz con los ingleses continuó hasta la muerte de Enrique VII, y el país prosperó enormemente. Pero las relaciones no fueron iguales con el sucesor. Cuando en 1511 el nuevo monarca inglés se unió a la Liga Santa que el papa proclamaba contra Francia, Jacobo se opuso y regresó a la vieja política escocesa de alianzas. Contra el parecer de sus consejeros, declaró la guerra a Inglaterra, lo que le valió la excomunión por haber roto el tratado de la Paz Perpetua. El monarca preparó una gran invasión y partió al frente de sus tropas hasta la frontera. Aprovechaba la circunstancia de que Enrique VIII se encontraba ausente de su reino, combatiendo en Francia. Pero la regencia inglesa quedaba en manos de la reina, Catalina de Aragón, que supo afrontar la amenaza de modo eficaz. El resultado de la contienda fue desastroso para él: aunque comenzó capturando cuatro castillos en el norte de Inglaterra, ambos ejércitos entablaron batalla en Flodden el 9 de septiembre de 1513, y Jacobo perdía allí la vida junto a muchos de sus hombres.

El rey dejaba un heredero que, con tan sólo un año, recogía la corona y subía al trono como Jacobo V. Otro hijo póstumo nacería siete meses después.

Su cuerpo, desfigurado, fue identificado tras la batalla y trasladado a Berwick. Allí lo embalsamaron y lo depositaron en un ataúd para ser conducido a Londres. Catalina de Aragón lo recibió y, exultante por la victoria, envió a su esposo la sobrevesta de Jacobo manchada de sangre, recomendándole a Enrique que la usara como estandarte.

De inmediato se planteó un problema con el cadáver: ¿Qué hacer con él? Darle sepultura en suelo sagrado no parecía adecuado, debido a la excomunión que había pesado sobre Jacobo, de modo que lo dejaron reposar en un cobertizo del monasterio de Sheen, en Surrey, hoy desaparecido.

Cuenta la leyenda que, con el tiempo, el cuerpo perdió la cabeza, y que el maestro vidriero de la reina Isabel la llevó a su casa como trofeo, y allí estuvo un tiempo antes de ser trasladada a una iglesia de Wood Street, en la City. Hoy hay un pub en el lugar que ocupaba el templo.

Pero durante mucho tiempo se rumoreó que Jacobo había sobrevivido a la batalla y vivía en el exilio. Otros, en cambio, decían que en realidad había sido enterrado en Escocia. El cadáver que fue conducido a Inglaterra no tenía la cadena de hierro que siempre llevaba el rey en torno a la cintura, algo que alentó las leyendas. Una de ellas narra que durante la batalla aparecieron cuatro jinetes que se apoderaron del cuerpo del rey para que no cayera en manos de los ingleses. Otra cuenta que en el siglo XVIII se encontró en una cueva junto al castillo de Hume un esqueleto que llevaba la cadena. 

En 1997 la Real Comisión de los Monumentos Históricos de Inglaterra obtuvo acceso al emplazamiento del antiguo monasterio, pero el resultado de la investigación fue desalentador. Seguramente nunca sabremos dónde descansan realmente sus restos.


16 comentarios:

  1. ¡Cuantas intrigas, Madame! Ahora nos solemos extrañar de las muchas disputas políticas cuando son una constante histórica. Lo que ya no quedan son hombres aguerridos que mortifiquen su cuerpo ciñendo una cadena a la cintura a modo de penitencia.

    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Casi es una pena. Sería un punto de atavismo muy sugerente, ¿no cree?

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  2. Jacobo acabó durmiendo el sueño eterno ¿en un pub? A lo mejor no, según las infructuosas investigaciones. En todo caso su descanso último alienta las especulaciones. Quizá le quitaron la dichosa cadena al cadáver para desplazarlo más fácilmente, sin más.
    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Por lo que cuentan, no creo que un pub sea el lugar donde Jacobo se hubiera sentido más incómodo. Pudo ser peor, supongo.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

      Eliminar
  3. Tal y como lo describe, parece que poseía virtudes para ser un buen rey, aunque quizás fue algo osado en su ataque a Inglaterra, durante el que acabó perdiendo la vida. Y no sé qué ocurre que son bastantes las veces que personajes ilustres acaban perdiendo la cabeza, en el sentido más literal, después de muertos, para terminar perdidas o en el armario de algún chiflado. Recuerdo ahora al Papa Luna, Descartes, Goya o Pancho Villa, por citar tan solo a unos cuantos desde tiempos antiguos hasta casi hoy.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Incluso usted, aunque sea demasiado modesto para citarse a sí mismo. Ya lo hago yo.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  4. Dónde estarán sus restos?

    Con tantas intrigas nunca se sabrá la verdad de sus restos. Que historia de vida interesante, ara un valiente que tal vez nació en el tiempo equivocado.

    mariarosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cuando no eran las enfermedades, eran las guerras, y cuando no eran las guerras, eran los asesinatos, pero resultaba muy difícil ser longevo.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  5. Interesante relato Madame

    Eso de rebelarse a su progenitor casi nunca lleva a buen fin, pero sin duda a Jacobo la muerte quizás le pareció una liberación de la cadena que tenía por penitencia, a su esposa y su montura también porque con ese peso debió ser frustrante estar en la alcoba y al corcel tener a un jinete demasiado pesado.

    Por otro lado, su osadía le costó caro y sin duda lo pagó con creces.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Se sospecha que se la quitaba en la alcoba. Y, al parecer, también en la batalla, ya que el cadáver no tenía la cadena.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  6. Hola Madame:
    Wood ST. Está muy cerca de la Catedral de St Paul. Seguro estoy que he estado en el pub donde estaba la Iglesia que hace referencia en la entrada, pero no recuerdo el nombre. También está cerca St Bartholomew Hospital, que es un museo.

    Muchas leyendas se tejen sobre la muerte de Jacobo...La de los 4 jinetes es quizás la que le gusta más a los escoceses.

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Manuel. El pub se llama The Red Herring, lo cual, teniendo en cuenta el sentido que dan a la expresión "arenque ahumado", no deja de tener miga.

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  7. Un hombre que una noche se va de juerga, al día siguiente emprende una batalla y otro madruga para peregrinar a Jerusalen... No parece mala carta de presentación la suya.
    Activo, lo era.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, no debía de conocer el aburrimiento. Y eso sin ordenador y sin la play. Ni falta que le hacía.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  8. Este sucedido, y otros que usted relata, ayudan a comprender que vivimos en una época menos violenta de lo que creemos o percibimos. No es consuelo, pero nos pone en una perspectiva mejor orientada para comparar el momento presente con el pasado.

    Pase usted una buena tarde.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Veo que lleva usted mucho tiempo sin ver un telediario :)

      Muchas gracias, madame.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)